Amor y Psicoanálisis. Al principio era la necesidad.

Presentación en la reunión de mujeres “Amor y burbujas”. Cocina de la casa de Almudena Baeza en la calle Goya de Madrid. 17 de diciembre, 2008.

Amor y Psicoanálisis. Al principio era la necesidad.

A Vicente Mira.

¿Por qué “amor y psicoanálisis”, en vez de “el amor en psicoanálisis”, tal y como me pidió Almudena para inaugurar estas reuniones? Porque mientras que “el amor en psicoanálisis” sitúa al amor en una posición previa y exterior al psicoanálisis, amor y psicoanálisis” (así, con conjunción copulativa) señala la interdependencia entre “el amor” y la llamda por Anna O. “cura por la palabra”.

A diferencia de “el amor en psicoanálisis” (que hace del amor un tema dentro del psicoanálisis), “amor y psicoanálisis” señala que el amor no se integra en el psicoanálisis, sino que el amor y el psicoanálisis se abrazan y se funden, aunque no se confunden. Más bien, entretejidos, se esclarecen mutuamente.

A mí me ha parecido que, a la hora de entrar en el vertiginoso tema de la relación que mantienen el amor y el psicoanálisis una buena manera de orientarme era utilizar como hilo conductor “El delirio y los sueños en ‘La Gradiva’ de W. Jensen (1906-1907), un escrito de Freud dedicado al análisis de esta novelita romántica, que le interesó por ser “la exposición poética de la historia de una enfermedad y de su acertado tratamiento” (p. 1307).

Este estudio fue escrito por Freud un año después de su famoso “Análisis fragmentario de una histérica” (1905), en cuyo epílogo Freud reconoce que este “caso Dora” resultó ser ‘fallido’, debido a que él no consiguió adueñarse a tiempo de la transferencia amorosa, ya que su fuerza le “sorprendió desprevenido” (pp. 999-1000).

Lo que yo creo es que Freud escribió este estudio sobre Gradiva fundamentalmente para ilustrar una verdad esencial; a saber: que en un psicoanálisis “no debe despreciarse el amor como poder curativo” (p. 1294), es decir, que no debe despreciarse la fuerza curativa de esa pasión erótica que, junto a su antagonista, a la vez que colaboradora oculta, la pulsión de muerte, permite explicar “la rica multiplicidad de los fenómenos de la vida” (1937, p. 3358).

1. El amor como contenido.

Este trabajo de Freud ilustra muy bien el hecho de que en la relación analítica el amor es un contenido principal.

En efecto, no es desestimable que la persona que acude a análisis lo hace a menudo porque sufre “mal de amores” y que, en consecuencia, pasa mucho tiempo divagando sobre la realidad de que el amor no anda.

Más capital, sin embargo, es el hecho de que, en el diván, no queda otra que descubrir lo que le toca descubrir al protagonista de Gradiva, un arqueólogo que viaja a la ciudad congelada en el tiempo que es Pompeya; a saber: que nuestra vida erótica (su objeto, sus fines, sus condiciones, sus satisfacciones) no goza de irrestricta libertad, ni tampoco se ajusta a nuestros elevados ideales, sino que más bien es una vida repetitiva, una vida que sigue un tipo, una vida que es poco modificable, ya que está determinada por “la acción conjunta de la disposición congénita y de las influencias experimentadas durante los años infantiles” (1912, p. 1648).

2. El amor como necesidad.

Un segundo aspecto que nos desvela el artículo de Freud dedicado a Gradiva es que, en un psicoanálisis, el amor “surge necesariamente” (1912, p. 1648), es decir, que el “despertar de los sentimientos” es esencial para y en un psicoanálisis (1912, p. 1334). Sin la emergencia espontánea del amor o del odio (siempre al acecho detrás del amor) entre psicoanalista y paciente, no hay psicoanálisis. Si la pasión no se despierta, el vínculo analítico no se establece. Si no hay una transferencia de amor con “fundamentos infantiles” dirigida desde la paciente hacia el analista (1914-5, p. 1693) –un amor que no sólo es auténtico en la realidad pretérita, sino que es actual y manifiesto en el presente (2005, p. 539)–, ni arranca el motor de la angustia que ha de impulsar “la labor analítica” –es decir, la asociación libre y la elaboración– (1914-5, p. 1692), ni tiene el analista acceso al inconsciente para, con el auxilio de la interpretación, transformar “la alteración” en la “capacidad de amar” padecida por la paciente debido a la represión.

El análisis es entendido aquí como una conquista de “la libre disposición” de “la facultad de amar” (1914-5, p. 1690 y p. 1695).

El papel necesario que cumple el sentimiento amoroso como empuje para el trabajo analítico y para la liberación de un trozo de la vida sexual “que ha caído bajo el yugo de la represión” (p. 1301), está presente en Gradiva en el hecho de que el protagonista recibe tratamiento de Zoe, su “amada infantil, aparentemente olvidada”. Con el doble propósito de “curarle de su trastorno mental” (es decir, de “hacerle volver a la realidad del amor”) y de hacerle su esposo, Zoe acepta entrar en la fantasía pompeyana del protagonista (que se cree enamorado de una estatua que descubre en un museo de Roma) y seguir su delirio “dócilmente”, es decir, sin contradecirle nunca.

Encarnando a ‘la mujer de piedra’ y, por medio de respuestas que “poseen un doble sentido voluntario” (un sentido delirante y otro que apunta a la verdad del amor reprimido) (p. 1330-1), Zoe logra provocar “el desvanecimiento del delirio y la resurrección del deseo erótico” del protagonista (p. 1303).

Es esta resurrección del deseo erótico infantil, que se produce en la “fantasía pompeyana”, lo que prepara “el obligado deselance amoroso” (p. 1333) y, con ello, “la armónica conclusión de la obra” (p. 1303).

3. El amor como campo de batalla.

Un tercer aspecto que también está presente en el estudio de Freud sobre la novela de Jensen, es la dimensión violenta, hostil, de la relación analítica.

Como ocurre en toda historia de amor, en la relación analítica no todo es un camino de vino y rosas, pues el amor, desde muy pronto, se convierte tanto en la causa de una “lucha” entre la paciente y el psicoanalista (1912, p. 1651) como en la causa de “un combate” entre “las fuerzas favorables a la curación y las opuestas a ella” (1912, p. 1650).

Para Freud, esta dimensión violenta, que se manifiesta en el meollo del sentimiento amoroso, está representada en la novela por un detalle narrativo tan nuclear como es el nombre de la protagonista, quien cumple la función de analista. Que Freud nos haga notar que esta psicoanalista de ficción se llama Zoe (que, en griego, significa ‘vida’) pero que también es llamada Gradiva, es decir “la que avanza hacia el combate” (p. 1310), me permite subrayar el hecho de que en esta experiencia extra-moral que es el psicoanálisis, la violencia no es simplemente la fuerza antagónica al amor, sino que es también, y más fundamentalmente, la fuerza colaboradora del amor y, por tanto, la fuerza colaboradora de la curación.

Es debido a que Eros y Tánatos actúan no de forma opuesta, sino de forma “concurrente” en el análisis y en la vida, que Freud nos plantea una situación en apariencia paradójica en lo que se refiere al final del análisis. Lo que dice Freud es que cuando al final del análisis se produce una “recaída amorosa”, que es “indispensable” para completar la curación (1906-1907, p. 1334), la analizante tendrá más posibilidades de alcanzar un ‘final feliz’ cuanto más agresiva sea su resistencia a analizar las resistencias finales contra la curación (1912, p. 1653).

Cuanto más agresiva sea la resistencia de la analizante a asumir el hecho de que son ‘los acontecimientos de la vida’ los que le impiden acudir al análisis, más posibilidades tendrá de llevar su análisis hasta el final. Del mismo modo, cuanto más cruel y exagerada sea ‘la enamorada paciente’, más posibilidades tendrá al final de valerse de su imprudente amor como un arma curativa (1914-1915, pp. 1693-1694). Sólo un ‘amor loco’ tiene la fuerza suficiente para llevar a buen puerto “una de las tareas capitales de la cura”, que es “la solución de la transferencia” (1912*, p. 1658) porque sólo un ‘amor loco’ puede empujar a la analizante no sólo a enfrentarse sin ayuda a la propia resistencia a dar el tratamiento por terminado, sino también a la resistencia que moviliza el propio psicoanalista, puesto que el analista también “causa” el “retraso de la curación” (1905, p. 998). Es más, dice Freud –y con esto remato– sólo cuando la transferencia amorosa (que, como si se tratara de “un peligroso explosivo”, debe ser manejada con pinzas por el analista) es lo suficientemente violenta como para que su intensidad pueda ser empleada, al final, por la paciente “para vencer las resistencias” (propias y del analista) contra la curación, sólo entonces “queda hecha imposible la enfermedad” neurótica y, por tanto, sólo entonces el tratamiento merece el nombre de psicoanálisis (1913, p. 1674).

Bibliografía:

  • Sigmund Freud: “Análisis fragmentario de una histeria” o “Caso Dora” (1905).

  • Sigmund Freud: “El delirio y los sueños en ‘La Gradiva’ de W. Jensen” (1906-7).

  • Sigmund Freud: “La dinámica de la transferencia” (1912).

  • Sigmund Freud: “Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico” (1912*).

  • Sigmund Freud: “La iniciación del tratamiento” (1913).

  • Sigmud Freud: “Recuerdo, repetición, elaboración” (1914).

  • Sigmund Freud: “Observaciones sobre el ‘amor de transferencia’” (1914-1915).

  • Sigmund Freud: “La transferencia”, en Lecciones introductorias al psicoanálisis (1915-1917).

  • Sigmund Freud: “Análisis terminable e interminable” (1937).

  • Carlos García: “Resistencia”, en Vicente Mira, Piedad Ruiz y Carmen Gallano (eds.), Conceptos freudianos, Síntesis, Madrid, 2005, pp. 47-59.